domingo, 16 de septiembre de 2018

portento deriva de portendere

``Varrón dice que portentos son las cosas que parecen nacer en contra de la ley de la naturaleza.
En realidad, no acontecen contra la naturaleza, puesto que suceden por voluntad divina, y voluntad del Creador es la naturaleza de todo lo creado. De ahí que incluso los gentiles denominen a Dios unas veces Naturaleza, otras simplemente Dios.
En consecuencia, el portento no se realiza en contra de la naturaleza conocida. Y se conocen con el nombre de portentos, ostentos, monstruos y prodigios, porque anuncian (portendere), manifiestan (ostendere), muestran (mostrare) y predicen (praedicare) algo futuro.

En efecto, explican que "portento" deriva de portendere, es decir, anunciar de antemano. Los "ostentos", porque parecen manifestar algo que va a ocurrir. Los «prodigios», porque «dicen previamente» (porro dicere), es decir, predican lo que va a suceder. Por su parte, monstra deriva su nombre de monitus porque se «muestran» para indicar algo, o porque «muestran» al punto qué significado tiene una cosa. Y éste es su significado propio, que se ha visto, no obstante, corrompido por el abuso que de esta palabra han hecho los escritores.
La aparición de determinados portentos parece querer señalar hechos que van a acontecer; pues en ocasiones Dios quiere indicarnos lo que va a suceder al través de determinados perjuicios de los que nacen, como sirviéndose de sueños y de oráculos advierte e indica a algunos pueblos u hombres las desgracias futuras. Y esto es cosa probada por múltiples experiencias´´
.
San Isidoro de Sevilla. Etimologías.

Expuestos en las barracas de circo, corrompidos por el abuso de los escritores, caricaturizados en las pantallas de cine, los monstruos, los portentos, son los que anuncian lo que ha de venir, lo que va a suceder. Desde el comienzo de los días, los seres prodigiosos son los profetas de los acontecimientos, del Fin del Mundo y del Día después de ese Fin. Anuncian con horror y con humor los hechos futuros, muestran el sentido del presente y el significado de lo que pasó.Ahora, pasado ese Último Día, portentos, ostentos, monstruos y prodigios nos dan las claves del jeroglífico del Nuevo Mundo, los colores del paisaje después del Apocalipsis. Sus cuerpos deformes, sus miembros superpuestos, los caprichos de sus anatomías, son los signos que deben ser interpretados.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Las cartas de amor y rencor de Sor Mariana Alcoforado


La monja portuguesa o el fatal hechizo voluntario.


Las cartas de amor y rencor de 
Sor Mariana Alcoforado a 
Noël Bouton de Chamilly 
siguen fascinando a los lectores más de tres siglos después

MIGUEL ÁNGEL ORTEGA LUCAS
 Rutilio Manetti (1630)
15 DE AGOSTO DE 2018


Todo enamoramiento es un hechizo: pero un hechizo voluntario; quizás autoinducido. Podría creerse que, cuando ocurre ese desastre, está uno a merced de fuerzas extrañas que lo zarandean sin piedad ni objeto, sin que pueda controlar nada. Y también. Pero jamás sucedería si no estuviéramos ya orientados a esa brisa, a esa temperatura; esperando que suceda, vislumbrando su sombra por venir. Invocándolo sin saberlo.
A mediados del siglo XVII, en el Monasterio de la Concepción del territorio portugués de Beja, muy cerca de Extremadura y Andalucía, una monja llamada Mariana Alcoforado contempla a las tropas francesas, aliadas de Portugal en su guerra contra la corona española, ejercitar sus ensayos de guerra en la llanura. Las banderas flameantes, los uniformes, los caballos caracoleando con ímpetu de aquí allá. Podríamos añadir que bruñe en los aceros la luz del amanecer o del crepúsculo, y que se trata de algún día de verano de 1666. Entre el rumor de las voces graves, el fragor de las armas, la brisa del sur y el escándalo de las golondrinas, Sor Mariana, que presencia la escena junto a otras jóvenes enclaustradas del monasterio, vislumbra a lo lejos una silueta a caballo destacándose (sus propios ojos, queremos decir, hacen que una silueta a caballo se destaque de entre el resto):
Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta pasión desgraciada. Parecía que deseabas agradarme, aun sin conocerme. Me convencí de que me habías distinguido de entre todas mis compañeras...
ELLA SE ENTREGARÁ SIN CONDICIONES, EN UN ACTO QUE PODRÍAMOS LLAMAR EXACTAMENTE DE FE
Y era cierto. (¿Era cierto?) Lo que ocurrió después, al menos, lo confirma: la joven sor Mariana, que cuenta 26 años en este momento, y Noël Bouton, conde de Chamilly, que así se llama ese capitán de 30 años, vivirán al parecer no pocos amaneceres o crepúsculos en la intimidad de la celda del monasterio. Ella se entregará sin condiciones, en un acto que podríamos llamar exactamente de fe. Él le otorgará a su vez lo que ella estaba esperando, anhelando (¿invocando?).
....¿Pero realmente es él quien se lo otorga, o se trata apenas del canal, la máscara a través de la que esta joven llena coraje y ganas de vivir invoca el encuentro con la sombra inalcanzable, ve con sus propios ojos los ojos del anhelo? Muy poco después, esos ojos no harán sino llorar: “...desde que supe que estabas decidido a separarte de mí”; algo “tan insoportable que muy pronto me matará”.
Todo amor es fantasía, escribió don Antonio Machado: él inventa el año, el día, / la hora y su melodía, / inventa el amante y, más, / la amada [el amado]. Si todo amor es fantasía, o invención (al menos antes de que pueda confirmarse que ese delirio es paralelo, que hay dos fuegos fatuos dispuestos a encontrarse y hacer real el incendio), pocas invenciones han trascendido tanto como lo hizo la de esta joven monja sin ninguna vocación de tal –a priori–.
Pero era corriente en la época: sor Mariana Alcoforado procedía de una familia poderosa, y era frecuente por entonces –y hasta mucho antes y mucho después– que muchachas de su casta, y de otras, acabasen tomando los hábitos por razones nada místicas, visto que las opciones de una mujer no casada eran escasas. En el caso que nos ocupa, tanto nuestra protagonista como una hermana pequeña, después, entraron en el monasterio por difusos motivos, según los cuales la familia no podía hacerse cargo de ellas.
Había en ello ventajas insospechadas, sin embargo: ni las normas en algunos centros religiosos eran tan férreas como podríamos suponer ahora, ni esos claustros tan opresivos para según qué residentes allí. Los siglos XVII y XVIII conocieron una libertad de costumbres en esos lugares que pudieran escandalizar en siglos posteriores, ya regladamente mojigatos. En algunos conventos podía haber recepciones galantes, más parecidas a fiestas paganas que piadosas... Se podía hacer la vista gorda, en suma. Una opción mucho más atractiva que la de casarse con quien no venía a cuento. Podían dejarse ciertas aldabas, de los patios y de las celdas (algunas, confortables aposentos de mujeres de bien), casualmente sin echar algunas noches.
Fue en noches furtivas como ésa cuando la joven y hermosa Mariana gozó de “delicias nunca imaginadas”, otorgadas por el soldado, durante no pocos meses, hasta finales de 1667. Delicias que “hoy me cuestan penas extraordinarias”. Es lo que dice en la segunda carta dirigida a Bouton; el tono, sin embargo, es prácticamente el mismo en todas. Misivas que comienzan motivadas a su vez por otra carta del caballero que ha dejado el corazón de la monja “en un estado miserable”:
...Tan fuertes sus palpitaciones que pareciera que hacía esfuerzos por separarse de mí y volar hacia ti. Luchando contra la vida que por ti debe perder, ya que para ti no la puedo conservar...
Según ella, Chamilly buscó “cualquier pretexto para volver a Francia. Partía un navío. ¿Por qué no lo dejaste ir? Te había escrito tu familia. ¿No sabes de las persecuciones que sufrí en la mía? Tu honra te obligaba a dejarme. ¿Acaso resarcí la mía?...”. Pero la honra, aquí, importa más bien poco a nuestra corresponsal del monasterio de Beja.
Es otra honra la que le quita el sueño. U otro honor más bien; otro galardón, ganado por su parte, en esta suerte de amor cortés consumado, como si hubiera sido ella el trovador y el otro, el huido, la dama o ídolo al que ofrendarlo todo. Comparece en estas cartas la palabra ídolo en algún momento; hacia el final: “¿No experimenté ya [‘¿No escarmenté?’, quiere decir] que un corazón sensible no puede olvidar jamás lo que hizo que descubriera la pasión de la que era capaz...? ¿Que todas sus emociones están arraigadas profundamente al ídolo que los creó?”
Estas cartas son un oleaje continuo; un temporal pautado, como una sinfonía que no supiera nunca si atenerse más a la luz que al abismo y viceversa: de la mendicidad a la furia, de la furia al perdón, del perdón a la humillación y a la tristeza y vuelta al reproche, y vuelta al rencor (“Deja de escribir necedades: no me pidas que te recuerde. No puedo olvidarte”), y vuelta otra vez a la fascinación inextirpable porque “veo bien que te amo como una insensata” y sin embargo –lo sabe muy bien; no puede ocultárselo ni a ella misma–:
A pesar de todo, no me quejo del furor de mi corazón. Me acostumbro a sus tribulaciones y no podría vivir sin este placer tan especial al que me aferro de amarte entre mil dolores y penas.
El hechizo. El encantamiento (inducido). El ídolo. Las cinco cartas de Alcoforado tratan de ser ora un señuelo, ora una imploración desesperada, ora un puñal: cualquier cosa por comprobar que al menos en el objeto, en el ídolo de su amor se animan (¡o animaron alguna vez!) las mismas pasiones incendiarias. Enséñame al menos las brasas de aquel delirio, parece decir entre líneas al hombre que a todas luces no la necesita, no la quiere; déjame saber al menos que nada de esto fue la fantasía (el encantamiento a solas) de una ingenua que se hechizó con el primer imbécil que le puso ojitos desde lo alto de su caballo y de sus fruslerías de gloria (“Rechazo todo lo que indica que no me amas y me siento más dispuesta a abandonarme ciegamente a mi pasión que a aceptar las razones que me ofreces cuando me quejo de tu frialdad”). Ya que no quieres estar contigo, mírame arder aquí a lo lejos, cómo me consumo como un muñeco de nieve en la nieve. Puedo admitir, con todo el dolor, que esto se acabe; lo que no puedo tolerar es la vertiginosa posibilidad de que todo fuera mentira desde el principio. Porque prefiero creer, ingenuamente si quieres, en aquella belleza que ya no existe antes que en esta indignidad mezquina en que estás convirtiendo un milagro.
AHÍ RADICABA SU LIBERTAD; LA DE ENTREGAR SU ALMA A OJOS CERRADOS SABIENDO BIEN QUE PODÍAN PARTÍRSELA
Pero precisamente porque esta mujer no es ninguna ingenua, aunque se dejase engañar; porque es evidentemente inteligente, sabe, quizás hasta sabía desde el principio a qué estaba jugando. Y quiso jugarlo. Ahí radicaba su libertad; la de entregar su alma a ojos cerrados sabiendo bien que podían partírsela. Y que te partan el alma en una pasión amorosa es una de las más contundentes maneras de llegar a sentir que está ahí, de testificar su existencia. No se trata de que buscara la destrucción emocional de manera militante, suicida, adolescente; pero estaba dispuesta desde el principio a pagar ese precio, pues siempre hubo más “indicios” de los que quiso admitir, a pesar de las “atenciones” tan profusas con que el caballero la condecoró (¿la embaucó?). El tal Bouton, en cualquier caso, le había confesado que amaba a otra, en Francia: “Si es ella quien te impide regresar, dímelo sin temor, para que no me consuma aún más...”. Pero no hubo tal aclaración.
Sólo en la quinta y última carta, o imprecación, Mariana Alcoforado pondrá fin a su delirio, al menos en lo epistolar. Pero ni siquiera en la renuncia final, en el desgarro de soltar aquello que dio sentido a todo entre las paredes del monasterio, podrá evitar que haya ternuras (o corazones) resistentes a cualquier orgullo que trate ya de hablar altivamente de usted:
¿Creyó que podía engañarme impunemente? Le digo que si por algún acontecimiento fortuito volviera a este país, yo misma lo entregaría a la venganza de mi familia... [Y sin embargo...] Creo, señor, que no le deseo mal alguno y que estaría, inclusive, decidida a aceptar que fuese usted feliz.
Todo enamoramiento es un hechizo, fantasía: inventando, antes de que exista siquiera, el nuevo ídolo para la vieja ceremonia. ¿Quita esto autenticidad a esa pasión, a ese incendio descontrolado que viene para desfigurarnos: transfigurarnos en otros nuevos? No. ¿Importa algo, en realidad, que la distancia, la ambigüedad, la niebla entre ese monasterio portugués y la corte de París agigantaran la figura del caballero-ídolo en la fantasía desbordada de la joven? ¿Importa si Bouton fue o no sincero, si mereció o no su dádiva, si era realmente un caballero o un patán con ínfulas, si le faltó coraje o, sencillamente, no supo cómo lidiar con aquel volcán? Para que Mariana Alcoforado sintiera cómo le crujían los huesos del alma no importó nada, a la postre. Para que nosotros podamos volver, siglos después, a ese testimonio, y sintamos de nuevo la tempestad que venció siempre a todos los amantes desengañados de este mundo, tampoco.  
Las cartas de la monja portuguesa fueron publicadas en París, en 1669, dadas por su propio destinatario –que pudo ser un cretino o un sabio, o las dos cosas– al editor Claude Barbin. Conocieron un éxito inmediato en los salones de la aristocracia francesa y pronto recorrieron Europa. Se tradujeron a varios idiomas; fascinaron en extremo, mucho después, al fascinador poeta alemán R. M. Rilke; y durante varios siglos fueron objeto de una (muy divertida, a la postre) polémica literaria, azuzada por quienes discutieron que estuvieran realmente escritas por Alcoforado, o que la tal monja llegara siquiera a existir. Todo por motivos diversos y no excluyentes: por salvaguardar la reputación de Chamilly, o la de la monja, o la del mismo clero; o sencillamente por dudar de que algo así estuviera escrito por una mujer (esto fue idea luminosa compartida por el ilustrado Rousseau). Quizás, en el fondo, lo que muchos no quisieran creer era la posibilidad de una pasión así. Investigaciones más que solventes [del portugués Luciano Cordeiro, reseñado por Ignacio Vélez en su ensayo El hábito de una pasión] han ido confirmando con el tiempo la veracidad de toda la historia, cartas y protagonistas.  
Pero, si no fuera así; si todo fuera hechizo, invención, fantasía: ¿habría alguna diferencia?

domingo, 12 de agosto de 2018

Cuando Franco quiso arreglar un enchufe y unos platillos volantes le dejaron a oscuras


Cuando Franco quiso arreglar un enchufe y unos platillos volantes le dejaron a oscuras

12 AGO 2018


Jaime Noguera



El sábado 18 de diciembre de 1971 Francisco Franco pasaba unos días de descanso con su familia en el castillo de Mudela, en Viso del Marques (Ciudad Real), cuando cuatro objetos voladores no identificados se pararon sobre esta residencia palaciega. El caudillo, por raro que parezca, se disponía a realizar un chapú, una aparentemente sencilla reparación eléctrica, arreglar un enchufe, pero unos extraterrestres (quizás eran rojos, es decir, de Marte) le sabotearon, dejándole a oscuras.



La abracadabrante historia que os contamos a continuación aparece recogida en el libro Franco Top Secret (Ed. Temas de Hoy), de José Lesta y Miguel Pedrero y según este volumen, el (casi) encuentro en la tercera fase de Franco vino a suceder así:

Franco, acompañado de su esposa Carmen Polo y su yernísimo, el Marqués de Villaverde, además de otros invitados, pasaba unos días de relax y matanza de animales en la confluencia de La Mancha con Andalucía. Como era mandando, protegían al dictador, su familia y amigos miembros de la VI Compañía de la Guardia Civil, que vigilaban el castillo de Mudela, residencia provisional de los Franco, estacionados en cuatro puntos diferentes. Por si los atentados, se había establecido un segundo cinturón de protección, con otros miembros del instituto armado español, estos distribuidos en cinco zonas. Vamos, que el Vigía de Occidente tenía a media Benemérita protegiéndole las espaldas.



Bienvenido, Mr. OVNI

El sábado 18 de diciembre de 1971, la concurrida cena se convirtió en tertulia y duró hasta las once de la noche. A esa hora, Isidro Pradas Toledo, guardés de la finca, salió del palacete para dirigirse a su casa, situada a unos cien metros del edificio. Entonces (según le conto al inefable J. J Benítez) apreció algo extraño en el cielo.


“…de pronto, cuando caminaba hacia mi casa, vi aquello. […] Eran cuatro luces.Pasaron por mi vertical. Marchaban despacio y no a demasiada altura. […] Eran silenciosas, volaban en una formación perfecta. Dos en cabeza y otras dos atrás. La separación entre ellas no era muy grande. […] Brillaban intensamente, con un color blanco importante. […] Me quede mirando embobado. Y pasaron despacio, sin prisas. Llevaban dirección Almagro, y las vi caer por la finca que llamamos Casa Lato. […] Y desaparecieron. A los quince minutos, más o menos, bastante confuso retorne al castillo. Y recuerdo que se lo comente al conductor del Caudillo y también a don Federico Pajares, el ingeniero. Estaban jugando a las cartas, pero al parecer, nadie había visto nada. […] Entonces sucedió algo raro. […] Franco había solicitado un electricista. La lampara del techo del dormitorio acababa de fundirse, y provisto de mis herramientas subí hasta las habitaciones del general. Doña Carmen estaba en la cama, leyendo. Franco me pidió un destornillador e intentó soltar los tornillos del enchufe. No fue posible. Le dije que me dejara intentarlo. Tampoco pude. Y se fue la luz. A decir verdad, nunca entendí aquel apagón. Total, que el Caudillo paso su brazo por mi hombro y comento: ‘¡Que artistas somos!’”



Hubo otro testigo

J. J Benítez, al parecer, se encontró a otro testigo del avistamiento, un capitán de la Guardia Civil que se encontraba prestando servicios de protección al Caudillo en el interior del palacete.


“Nada más pisar el recinto que rodea el palacete, el cabo me salió al encuentro y dijo: Sin novedad, mi capitán, salvo que tenemos compañía. Y señaló con la cara hacía el cielo. Al seguir la dirección indicada vi las luces. […] Eran cuatro y aparecían inmóviles sobre nuestra vertical. […] Dos presentaban un mayor tamaño. Eran blancas y muy brillantes. […] Los guardias, según me explicaron, las habían visto llegar poco antes, y allí permanecían, silenciosas. […] Encendimos un cigarrillo y comentamos el asunto, sin dejar de mirar. […] Y en eso estábamos cuando, súbitamente, dos de las luces se hicieron más grandes, por lo que interpretamos que habían descendido…”



Cuatro posibles explicaciones (o algo) sobre el suceso:

1. Según algunas webs magufas se ha especulado con la posibilidad de que se tratara del vuelo experimental de algún tipo de avión militar secretoperteneciente a alguna de las dos superpotencias del año 1971: la URSS o los Estados Unidos. Pero claro, ¿qué hacían sobre el palacete de Franco? ¿Intentaban realizar escuchas para medir la actividad sexual del Caudillo? ¿Qué avión militar secreto norteamericano o ruso podía en los años 70 volar desde los EEUU a Ciudad Real y fundirle los plomos a Franco antes de volver a casa? ¿Valía la pena gastarse una pasta en combustible de aviación para sumir temporalmente en la oscuridad al entonces jefe del estado? ¿Era un primer aviso, un “paga lo que debes”?

2. Otras webs magufas, como no podía ser de otra forma, apuestan por los extraterrestres. Señores de otras galaxias, probablemente llegados desde Raticulín, con grandes recursos económicos y tecnológicos que invertir para estudiar la mente preclara de Francisco Franco. Quizás, tras dormir a todos los instalados en Viso del Marques, transportaron al dictador con un rayo teleportador a su nave para hacerle todo tipo pruebas, incluido un tracto rectal. Y luego se volvieron a su planeta con con un cargamento de buenas berenjenas de Almagro. ¿Serían habitantes de las profundidades lago marciano recién descubierto? ¿Qué hacían unas cigalas de Marte espiando al dictador?

3. La tercera posibilidad es que, entre el cansancio de la larga jornada y el vinorro consumido en la cena, el guardés y el civil confundiesen una farola, unos aviones en formación, unas estrellas fugaces o las luces de un coche con, naves extraterrestres o con el mismísimo Espinete.

4. La cuarta, quizás la más obvia, es que algún periodista interesado crematísticamente en el tema OVNI se lo inventase todo.



Con información de Franco Top Secret (Ed. Temas de Hoy), de José Lesta y Miguel Pedrero

Jaime Noguera busca rollo con marcianas y es autor de la novela alienígena España: Guerra Zombi